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mosas palabras se les va convenciendo y entregan, al fin sus muchachos ; pero el misionero tiene que ponerlo todo, desde el vestido hasta el más insignificante objeto; ellos no traen ni lo puesto, ya que nada puesto traen. Por eso, aunque queremos tener muchos, no nos es posible; la po– breza en que vivimos pone estrecho límite a nuestros am– plios deseos. 4.-ccNO GUSTANDO PAREDES». Y si después de internados los muchachos, al ver el buen trato que aquí reciben y la abundancia de todo lo que en sus chozas escasea, vivieran satisfechos y no se les ocurriera tornar a las ollas de Egipto, nos diéramos por bien pagados los misioneros de los trabajos que su atención nos causa. Mas lo deplorable es que constante– mente estén deseando volver al monte, y tengamos que ejercer una estrecha vigilancia, porque en · el momento menos pensado se van y nos dejan. Entre mil, citaré este solo caso: Era la noche de un veinticua'tro de diciembre. Todo era alegría y bullicio en los alrededores de la casa misio– nal con motivo del Nacimiento del Salvador. Plástica– mente estaba ya representado el cuadro de Belén en nuestra humilde capilla, y los niños del colegio, pensando en los regalos que el Divino Infante les iba a traer, nos habían ayudado muy afanosos a recomponer la escena. No había indio de los caseríos próximos que no estuviera allí congregado. Unos ponían disco tras disco, la artofó– nica, sin dejarla reposar un momento; otros bailaban sus danzas típicas alrededor de los grandes recipientes de kachirí que les habíamos hecho. Hasta un novillo cebado 148

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