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te el progreso. El hecho de que valore en su justa me– dida al hombre implica la obligación de colaborar a ra instauración de un r,undo más justo. Y para ello no puede negar que la ciencia y la técnica han enri– quecido el mundo, lo que equivaldría a una disocia– ción de su vida religiosa y de sus deberes de ciuda– dano. Esta disociación entre religión y vida, razón y te, creencias y progreso pone a la Iglesia en situación de desprestigio. Por eso, incumbe al cristiano desta– car que la Iglesia está abierta a todo lo que significa verdadero progreso humano. Con esta abertura al mundo, se benefician mutua– mente Iglesia y Mundo. Lo temporal tiene su autono– mía en el sentido de que las cosas se rigen por leyes propias y la investigación científica sigue sus propios métodos. Toda interferencia de la Iglesia en este ám– bito puramente técnico es abusiva. El cristiano debe conocer estas leyes como un verdadero profesional y su acción en este sentido ha de atenerse a las reglas del juego limpio, lo que exige capacitación, estudio y competencia. Toda acción humana supone reflexión y equilibrio en la realización del ideal. lo temporal tiene su auto– nomía y hay que ajustarse a sus leyes que, en defini– tiva, llevan a Dios. 97
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