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vista el horizonte del hombre -su dignidad, su liber– tad, su conciencia- se llega a una despersonaliza– ción inadmisible y se invierten los términos peligrosa– mente. En una jerarquía ordenada de valores, el hom– bre no puede ser jamás un número en función de in– tereses económicos o de otro tipo. El trabajo, la cien– cia, la técnica se ordenan al desarrollo integral del , hombre, están al servicio del perfeccionamiento de las condiciones de vida y deben revertir, de un modo obligado, al hombre. No es acción humana la que masifica al hombre rebajándolo a la categoría de instrumento. Y esto se da cuando la máquina desplaza al hombre porque, en una inversión injusta de valores, éste se convierte en un valor de "cheque" al portador o en una pieza "ren– table" del engranaje de la fábrica. De igual modo se despersonaliza quien se entrega con tanta impruden– cia al trabajo que termina por ser dominado por él. Hay que dejar bien claro, aunque corramos el riesgo de ser reiterativos, que el trabajo no puede ser un fin en sí mismo. La acción "humana" se ordena al progreso indivi– dual y colectivo. En la cota más alta de lo humano es– tán los valores morales y espirituales. La prosperidad material no puede compararse a la prosperidad espi– ritual. Y esto hay que tenerlo en cuenta al sentar las bases de la acción. El hombre vale más por lo que es que por lo que tiene. Decir que la acción está en fun– ción del hombre es reconocer que el progreso técni– co debe quedar siempre como telón de fondo para no usurpar el puesto de preferencia de valores superio– res como la justicia, la fraternidad, el ordenamiento jurídico justo y una convivencia humana más fraterna. El cristiano debe adoptar un postura afirmativa an- 96
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