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habla en tribunas al aire libre, en teatros públicos, en la radio y en la televisión. Y luego cada uno se deci– de por el partido o el programa que le parece mejor en esta coyuntura histórica. El electorado es quien de– cide. Tercera regla: Saber aceptar la derrota con "hom– bría de bien" que no consiste en el mero rito de dar la mano al Presidente electo, sino en la disponibilidad al servicio de los intereses comunes. Ser derrotado y, no obstante, estar dispuesto a colaborar con un pro– grama que el pueblo considera con su voto como el mejor. Las lecciones de espíritu cívico, el sentido orga– nizativo y las diversas formas de influir en el pueblo a través de los "Mass media" o Medios de comunica– ción social acumuladas con el correr del tiempo en los países de alto nivel democrático deben ser asimi– :adas y adaptadas a nuestro especial modo de vida. Mejor dicho, habría que retornar a las fuentes pa– ra "recuperar" calidades y virtudes que el Evangelio plasma y Francisco de Asís vive con tanta sencillez como hidalguía. El pueblo llano -la base- debe ele– gir a sus ministros y él mismo es quien decide si deja de servir para el bien común, que es lo que la legisla– ::ión llama "común utilidad". Lo único que allí no se ve es la presentación de la propia candidatura porque, en e,! fondo, aun enten– diendo la enorme dimensión del riesgo de regir, el cargo va siempre unido al honor. Y este no debe ser buscado. Con esto aparte, y salvadas las distancias que van de un parlamentarismo político a una forma canó– nica de vida espiritual, la lección de las democracias 115

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