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el hombre de buena fe obra con rectitud siguiendo su conciencia. Y esto indica la amplitud de criterios de la moral tradicional en contra de tantas insinuaciones y afirmaciones hostiles. En este caso el hombre hace lo que le parece mejor o simplemente lo que le pare– ce bueno. Claro que si es honrado con su conciencia estará siempre abierto a la verdad y la aceptará ple– namente cuando se haga evidente. En el caso de que no pueda alc3.nzar la verdad o toda la verdad, se tra– tará de una ignorancia invencible, sin responsabilidad por tanto. Eso sucece exactamente con la verdad moral. Hay personas que buscan apasionadamente la verdad y aman el bien con toda el alma. Si su conducta con– cuerda con sus convicciones, en el fondo son auténti– cos, aunque por hipótesis, sus convicciones morales fueran erróneas. Esto es más difícil cuando entran por medio los principios de ley natural. Pero hay zonas de muy arriesgada calificación moral. El hombre au– téntico se presta a una mentalización porque es un hombre abierto. Respecto a la "renovación" se dan, como hemos visto, los criterios más dispares. Hay quienes piensan que la renovación es imposible si se descartan los va– lores legítimos de la tradición y que es peligroso de– rivar hacia novedades que no vienen garantizadas por la autoridad ~ompetente y por la experiencia "contras– tada". Y los hay que quieren una "ruptura" con todo lo pasado. Y entre ambas corrientes, se sitúan como pesas de equilibrio los que saben conjugar armónica– mente la riqueza acumulada en el transcurso del tiem– po con los valores de las nuevas experiencias. En cualquiera de los casos lo que se busca es la autenticidad. Es auténtico el "conservador" que de- 111

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