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nos da una lección de humildad, es decir, de verdad, al presentarnos hombres que, en todas las culturas y civilizaciones, han sido fieles a sí mismos y han dado su propia vida por el ideal. Y ¿qué es San Francisco sino un hombre que encarnó ejemplarmente en su vi– da sus actitudes? El carnet de identidad del discípulo de San Francisco -con hábito o sin hábito, sea cual fuere su destino en el trabajo- contiene unos cuan– tos datos individualizantes imprescindibles. Y entre ellos figura en un lugar de relieve la autenticidad: "soy lo que soy ante Dios. Ni más ni menos". Un hombre auténtico, fervoroso con Dios y com– placiente con sus hermanos. Un hombre que, descar– tada la falsedad y la hipocresía, lleva muy dentro del corazón el Evangelio. Porque de otro modo -sin este lastre profundo de vida evangélica- seríamos como aquel frai!ecillo que imitaba externamente sus gestos causando risa a San Franscisco. La autenticidad es una virtud en alza que, como decíamos se cotiza mucho, está en boga. Es la verdad moral que crea caracteres insobornables. La verdad es la "adecuación entre pensamiento y realidad". La verdad moral es la adecuación entre comportamiento y actitudes ante la vida. Siguiendo la lógica de estas reflexiones habría que distinguir entre la verdad sub– jetiva -lo que a uno le parece que es- y la verdad objetiva -lo que la realidad es en sí misma. Hay tam– bién una verdad moral subjetiva -el hombre que obra bien en el fuero de su conciencia- y la verdad moral objetiva -el hombre que obra bien en conformidad con un orden natural o positivo verdaderos. Puede darse el caso de que el hombre esté equi– vocado y de que deba seguir el dictamente de su con– ciencia. Eso de la responsabilidad tampoco es nuevo: 110

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