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se: cómo se llevan a cabo las obras de Dios, esas em– presas que deciden un destino personal y afectan a la sociedad marcando un rumbo nuevo a la historia. En las obras de Dios nos encontramos siempre con la pa– radoja o, con lo que llamaría un hombre práctico el "contrasentido". Y es que los medios son absolutamen– te desproporcionados a los fines que se persiguen. Pa– ra fundar una obra de horizontes ambiciosos el hom– bre práctico busca hombres de prestigio, bien relacio– nados, poderosos, influyentes. El dinero está en la ba– se de toda eficacia. Este es el juicio horizontal, válido para empresas humanas pero en franca oposición a los criterios evangélicos. La norma decisiva para un cristiano son las actitu– des y el ejemplo de Cristo. Y Cristo escogió medios ra– dicalmente desproporcionados desde una consideración socío'ógica o psicológica; escogió a los pobres, a los no sabios, a los no poderosos, a los no influyentes. Lo cual equivale a descartar a los "sabios" y "podero– sos". Escogió a los sencillos, a los que carecían de las condiciones y de las posibilidades que exigen las obras de este mundo. Rechazó de plano el dinero. Esto le ca– pacitó para obrar con plena independencia de los ricos, de los poderosos, de los sabios, de los influyentes. Por– que quien está condicionado por estos medios abdica de su libertad. Francisco siguió esta norma por convicción y por in– tuitiva clarividencia. Pudiendo ser rico, su opción fue la pobreza. No quiso la protección ni la seguridad de los hombres, ni siquiera la que le brindaba su padre para conservarse al margen de toda influencia ajena al espí– ritu. Renunció de modo ruidoso a los privilegios de cas– ta y de familia para vivir la libertad sin condicionamien– tos, con un tesón admirable quiso decidir su vida al aire 106
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