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lados de un modo o de otro la mayoría de los hom– bres. Y es donde el temple se descubre en toda su pu– reza y en toda su magnanimidad. Al fin y al cabo, va a pasar desapercibido por lo que exige mayor rectitud y desprendimiento. Ello es que Teresita llena su vida -es una santa- lo que produce sorpresa a los que valoran las cosas por su volumen externo y por la au– reola pública. La cronista se pregunta, a la muerta de Teresita: ¡Qué vamos a decir de ella si no hay nada de relieve en su vida!" Los hombres de temple están siempre en tensión. Francisco inaugura su retorno a Cristo con una plena disponibilidad, dispuesto a hacer algo nuevo, impre– visto siempre que le venga la inspiración de lo alto. Teresa de Jesús no se quita el polvo de las sandalias y está siempre preparada para una nueva empresa. Teresita no se desanima cuando se le cierran los ca– minos por culpa de la enfermedad. Su ilusión son las misiones: la enfermedad le impide ser misionera "des– lumbrante" con su presencia, con su palabra. Y es en– tonces cuando intuye que en el organismo vivo de la lg'.esia hay un miembro oculto que mueve, regenera y vitaliza. Es el corazón. ¿Por qué no va a ser ella co– razón con su plegaria, su amor y su sangre? Tres modos de ser y una única actitud esforzada. Y el fruto más sabroso a la vista: el franciscanismo, la mística carmelitana y las rosas de Teresita que ocul– tan al Cristo crucificado. Los hombres de temple resisten el paso del tiem– po. No hay que olvidar -y es ésta una sana lección de sabiduría y prudencia- que los hombres consa– grados por la historia fueron un día discutidos, some– tidos a prueba y, a veces puestos en cuarentena. Esto quiere decir que no se puede cortar las alas de los 102
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