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·. HORNO ARDIENTE DE CARIDAD 95 bre elevado por Dios para tan alta dignidad es suma– mente provechoso. 1. Puede predicar la doctrina evangélica, consagrar el cuerpo y la sangre del Verbo Encarnado, perdonar los pecados y ejercitar los ministerios sagrados. Es la luz del mundo y la sal de la tierra; es legado de Cristo para sal– var a los hombres. Ahora bien, considerando al sacerdo– te en su naturaleza, en su persona y en sus costumbres, dice San Bernardo: «En su naturaleza es un hombre como otro cualquiera; en su persona es la dignidad más elevada de cuantos hombres existen en el universo; en sus costumbres y conducta debe ser un hombre totalmente diverso de los otros, como lo es por su carácter inde– leble» (20). Los Santos Padres y Doctores de la Iglesia han hecho la apología del sacerdocio; los ascetas han ponderado su dignidad y muchos santos nos han dejado elogios ad– mirables. San Francisco de Asís vivió en un tiempo en que el clero dejaba bastante que desear en su conducta, y, sin embargo, en su Testamento dice: «Me dio el Señor y da tanta fe en los sacerdotes que viven según la forma de la Santa Romana Iglesia, por causa de sus órdenes, que si me persiguieren, quiero recurrir a ellos. Y si yo tu– viese tanta sabiduría cuanta tuvo el sapientísimo Salo– món, y hallase los sacerdotes pobrecillos de este mundo en las iglesias en que moran, no quiero predicar contra su voluntad. Y a éstos y a todos los demás quiero te– mer, y amar y honrar como a mis señores. Y no quiero en ellos considerar pecado, porque yo veo en ellos al Hijo de Dios, y son mis señores. Y por esto lo hago, por- (20) De Consid., l, 11, cap. IV.

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