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Octubre Para la historia ha quedado la figura de Benito Rodrigo, hombre tranquilo, de talla normal, paso lento y aplomado y con un cuidado mechón de pelo con el que trataba de disimular sus carencias capilares. Fue un religioso sencillo, amable y pacífico, que ponía un gran énfasis en todas sus palabras, intentando dar la impresión de que sus argumentos eran sólidos y sus opiniones minuciosamente elaboradas. Con el dedo índice extendido y moviendo la mano al ritmo de la con– versación daba aire de convencimiento y tinte de seguridad a todas sus expresiones. Con estas palabras retrató su sacerdocio: «Pienso que para un sacerdote lo suyo es recordar emocionadamen– te al Maestro. Releer y reescuchar su historia, saborear su palabra, vivenciar sus acciones, orar con Él al Padre y seguirle con la propia cruz a cuestas, morir a todo lo que mata la vida para estallar de gozo en deseos de resurrección y vida nueva». BIBLIOGRAFÍA: AP fol. 619; Flash 19 (2002) 23s; AC de Santan– der (octubre 2002). 452

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