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Octubre peró feliz y sin traumas la experiencia al frente de esta caracte– rística fraternidad. En 1972, también corno Superior, fue trasladado a Mon– tehano. Esta vez el cambio no fue solameule Je aires, sino tam– bién de ambiente: cambio de la ciudad al campo; del bullicio estudiantil de Salamanca a la tranquilidad de la costa; de la fra– ternidad docente a la casa de retiro y oración. Para él significa– ron tres años de quietud espiritual. Perq esta quietud apacible fue interrumpida cuando, en 1975, fue destinado a La Coruña. El convento y la iglesia se encontraban en plena rernodelación, viéndose los frailes obliga– dos a vivir en un piso con las consiguientes inclemencias que lleva consigo el tener que compartir vida común en estas cir– cunstancias. El silencio, la tranquilidad y un mínimo grado de intimidad son condiciones previas para mantener a raya los nervios, para el trabajo, el descanso y la reflexión. La Coruña no era entonces el lugar apropiado, por eso pidió un cambio de destino. Los superiores accedieron a su petición, y en noviem– bre del mismo año fue trasladado a Gijón, donde encontró el sosiego que necesitaba. En agosto de 1977 vio el cielo abierto y su ánimo ensancha– do, como ancho y abierto es el cielo de La Mancha, que otra vez iba a volver a visitar en su añorada parroquia de Manzanares. En esta segunda etapa continuó trabajando en casi todos los campos que lo había hecho anteriormente: ministerios parro– quiales, confesión de religiosas, visita a los enfermos, predica– ción ... Pero los tiempos habían cambiado. El regreso a Manzanares, querido y anhelado, se trocó para él en un sabor agridulce ante el presagio de malas noticias: se empezaba a cuestionar la per– manencia de los capuchinos al frente de la parroquia. Ya en el 442

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