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También su salud física fue decayendo hasta sentirse incapaz de controlar las necesidades más apremiantes de su organismo. El 24 de mayo de 1996 llegó a la enfermería provincial de San Antonio (Madrid) con trastornos neurovegetativos muy acusados y un estado corporal muy deteriorado . Y asociado a sus achaques, el tormento de los escrúpulos, compañero de toda la vida. «¿Puedo comulgar?» «¿Me habré confesado bien?» «¿Me vale la consagración?» «¿Estaré en pecado mortal?»... Últimamente tenía unas amnesias impresionantes: no sabía dónde estaba, ni el día en que vivía, ni el nombre de las perso– nas ... , una desorientación completa. Y siempre con buen apeti– to, con la sonrisa en el rostro, sin quejas, reflt:io (inexplicable) de paz interna y serenidad. El día anterior a su muerte siguió el ritmo de los demás enfermos : se levantó, desayunó, asistió a la celebración de la misa, comió y cenó. Al día siguiente, festividad de la Virgen del Pilar, le visitó la hermana muerte de forma repentina, sin avi– sar; y él la recibió sin estridencias, con los brazos abiertos, y en su cara la sonrisa de la paz. El hermano Manuel fue un religioso de vida ordinaria, no trivial, porque en el servicio de Dios no cabe la trivialidad. Nunca realizó proezas extraordinarias para la historia ni trazó grandes proyectos para el porvenir; no buscó lisonjas para la galería ni el vano disfrute de su trabajo, sino que hizo sencilla– mente lo que tenía que hacer: muchas horas dedicado a la ense– ñanza, bastantes colaborando en las celebraciones cultuales de nuestras iglesias y algunas dedicado al apostolado de la pluma, aunque siempre en tono menor. El Santo, El Mensajero Seráfico, Vida sobrenatural, etc., son revistas de divulgación y espirituali– dad con páginas edificantes sobre las madres, vidas de santos capuchinos, cuentos espirituales y artículos de diversa índole 435
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