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Octubre piernas y muchas veces lamentamos no tener rabo para agarrarnos a los arbustos como los monos. » Si las dificultades de la desafiante sierra de Perijá encogían el ánimo de los exploradores, el espectáculo humano de los indios yucpa impresionó de manera desoladora el alma de nuestro misionero y puso a tope su voluntad, inasequible al des– aliento. El principio de la redención de estos indígenas yucpa de la sierra de Perijá, esclavos de la ignorancia y de la miseria, llegaría dos años más tarde. Él fue su salvador. El 5 de agosto de 1943 dio comienzo a la fundación de Santa Teresita de Kavanayén sobre un pedazo de rancho cedi– do por los indios. Con la ayuda de unos jóvenes ex alumnos de la misión de Luepá comenzó la ampliación del mismo, utilizan– do unos horcones, chapas de hojalata, varios haces de paja brava y algunos pellejos de reses sacrificadas: veinticinco metros cuadrados para dormitorio, cocina, almacén y escuela nocturna para los que quisieran aprender las primeras letras. Dice el cro– nista de las misiones que aquello parecía «un nido de corotos o un gran cofre de paja». Nuestro misionero prefirió llamarlo «palacio de nobles ilusiones». Era su palacio de la pobreza y la cuna de una nueva misión. Los indios fueron llegando para trabajar en el proyecto misional: talar árboles, acarrear madera para las nuevas cons– trucciones, organizar siembras y plantaciones para el ganado ... iHasta un campo de aterrizaje para aviones y helicópteros con dos kilómetros de pista! El 8 de enero de 1943 pudo contem– plar por primera vez el aterrizaje de un avión de la Aeropostal venezolana en estas tierras vírgenes. Ante el prodigio fantástico de innumerables cascadas exis– tentes en aquel paraíso salvaje, surgió la idea de su aprovecha– miento: una turbina hidroeléctrica y acequias para regar los 420
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