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árboles y pájaros; de costumbres, cuentos y leyendas ... Con pa– ciencia extraordinaria, fue enriqueciendo sus conocimientos con un caudal de datos suministrados por la naturaleza y las aportaciones directas de los indios pemón, hacia los cuales sen– tía gran veneración. Por ellos se bautizó con el nombre de «Padre indio». En marzo de 1942 se embarca en una nueva excursión en compañía del padre Eulogio de Villarrín, saliendo de Luepá en dirección a Kamarata para tantear la posibilidad de establecer un centro misional. De Kamarata va por tierra hasta Urimán; remonta el Caroní visitando caseríos y se adentra por el Tirika hasta llegar a Wonkén. Finalmente llega a Santa Elena y sigue su viaje por Keuremepué, Kamá, Taukén, Uraudai y Saraiká hasta regresar, el 13 de junio, a Luepá. La inquietud científica ha metido ya en el alma del padre Cesáreo el santo vicio de las exploraciones misionales. Durante los meses de junio y julio de 1943 dirige una nueva excursión por la sierra de Perijá, con el fin de establecer puntos de con– tacto con las regiones marginadas de la civilización; puntos que se convertirán luego en los accesos para introducir la cultura en la vigorosa raza de los motilones. Desde su salida de Maracaibo había recorrido con sus com– pañeros ciento setenta kilómetros escalando sierras y descen– diendo a los abismos de la fragosa orografía de esta zona. Aquello era un laberinto infranqueable de gargantas y dientes de sierra, como lo dejó consignado en la crónica de la explora– ción: «Hubo ríos que vadeamos más de cincuenta veces; muchos kilóme– tros los hacíamos por el mismo cauce de los ríos y brincando de piedra en piedra; las subidas (las hubo hasta de 1. 7 20 metros) nos fatigaban agotadoramente, pera las bajadas nos hacían temblar mucho más las 419
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