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Octubre vertían, casi por inercia, en una fiesta organizada por él, motu propio o alentada por los mismos religiosos: parodiaba a perso– najes; narraba anécdotas o historietas a veces inventadas, fre– cuentemente corregidas y casi siempre aumentadas ... Aquel otro ilustre limosnero, Juan José de Villanueva, explo- tó mucho su particular cancionero: «El Bernesga y el Torío cuando pasan por León, a la Virgen del Camino le piden su bendición . .. » Clemente no cantaba, más bien, «contaba». Contaba lo que era parte de su vida y de su historia. Colocado en medio del refectorio, no dejaba de moverse: un paso adelante, otro hacia atrás; uno a la derecha, otro hacia la izquierda... No se estaba quieto, pero al final siempre quedaba en el mismo sitio liando y desliando la cuerda o el rosario sobre los dedos de la mano. Y comenzaba su programa: Fue cuando la guerra. Era una noche que hacía mucho frío. Me acerqué a la hoguera donde había un señor calentándose, con la cabe– za tapada. - ¿Qué haces aquí? Podías estar buscando leña como hacen los demás ... El individuo se dio media vuelta y dijo: - Tienes razón, mozo, tienes razón. Se trataba de Muñoz Grandes, un alto cargo militar. Nunca faltaba el cuentecito aquel del padre Leovigildo de Vegamián que, siendo superior de Bilbao, se puso al frente de los frailes para apagar el incendio ocurrido en el convento. Se habían comenzado a reunir los religiosos en la huerta, pero fal- 404

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