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del que sabe siempre lo que quiere, y que no escatima emplear– se en ello con todas sus posibilidades. Las tareas obligadas de su vida en Roma no lograron hacer– le olvidar fácilmente su relación literaria con la revista españo– la. Durante varios afios, casi como eutreteuimienlo marginal, siguió enviando sus relatos desde Roma para El Mensajero Seráfico. Su firma se encontraba todavía en 1959 en el número extraordinario de julio-agosto, dedicado a San Lorenzo de Brindis con motivo de su proclamación como doctor de la Iglesia universal. Siempre interesante en los temas elegidos, cabe citar su reseña sobre la obra social del padre Pío a favor de los enfermos y cómo los donativos recibidos le permitieron construir uno de los hospitales mejor Jotados de Europa( ... ). Si la Orden Franciscano-Capuchina había configurado la espiritualidad del padre Isidoro ya en su niñez, desde su asen– tamiento romano ritmará todo su proceso afectivo e intelectual, inmerso en una historia que será para él bastante más que un simple recorrido de cronista por un pasado sin conexión viva con el presente. La historia franciscano-capuchina, que absor– bió la vida y actividad del padre Isidoro, fue la historia maestra de vida dentro del organismo palpitante de una orden religio– sa consciente de su pasado: una historia que estudiosos como el padre Isidoro han ido desvelando celosamente como estímulo de superación constante. Tal fue el compromiso que el padre Isidoro asumió en plenitud de entrega y con una preparación a la altura de los criterios científicos más exigentes. Fruto de la cotidianidad fluida de sus 48 largos años en el Instituto Histórico son los estudios que, año tras año, fue dando a la luz, tanto en obras críticas como en revistas y diccionarios más cualificados de las ciencias eclesiásticas. Pasan de 200 los títulos que llevan la firma del padre Isidoro y que hacen presen- 393
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