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Septiembre A su ingreso en el Instituto, el padre Isidoro dejaba atrás 34 años, en los que se había forjado una personalidad madura y bien definida. Impregnada de espíritu franciscano desde su niñez, su vocación capuchina se consolidó espiritual y científi– camente dentro de circunstancias nada fáciles. Hombre ecuáni– me, sin divagaciones raras frente a su ideal de vida, lo fue haciendo realidad cada día con fidelidad perseverante a sus exi– gencias concretas. Es así como me figuro la vida del padre Isidoro ya desde su entrada en el seminario capuchino a los 1Oaños hasta su muer– te a los 82. El "nada te turbe, nada te espante", de Santa Teresa, que ya San Francisco recomendó a sus frailes en sus amonesta– ciones, no se quebró nunca en su alma( ... ). Un aspecto relevante de su carácter, un tanto reservado al mismo tiempo que observador perspicaz, fue su afición a la lite– ratura. Incansable lector, su pluma adquirió ya desde joven una refinada calidad literaria, que se ejerció en revistas estudiantiles como Luminum regio y Reflejos, pasando luego a las páginas de El Mensajero Seráfico, revista religiosa de difusión en España. En noviembre de 1946 inició en ella una serie de artículos dedica– dos a la figura de San Francisco de Asís, bajo el título: "La vida del Poverello". Curioso el exordio del primer artículo: "Pocos jóvenes, en su inquieto y fantástico soñar, habrán hecho tantos castillos en el aire como Francisco Bernardone, el hijo del mer– cader de paños en Asís" . No sé yo si él mismo, como Daniel o como Isidoro, se forjó en algún momento de su vida castillos en el aire soñando fantasías. Después del curso en el que le tuve de profesor en León (1950-51) y en los dieciséis años de convivencia a su lado en Roma, tengo la convicción de que la casi ineludible fantasía de todo joven la supo envolver el padre Isidoro en el aire sereno 392
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