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Septiembre dador que utilizaba en su afán de aliviar las necesidades mate– riales. Entregado en cuerpo y alma a la tarea misionera, trató de afrontar con ingenio todos los retos que se le vrese11LaLan vara cumplir dignamente con sus responsabilidades pastorales y disimular eficazmente las cuantiosas carencias materiales que surgían en los centros de misión: programó y realizó tendidos eléctricos; intervino en la construcción del puente de Uará y otros sobre el río Uairén ayudado -con tambores de gasolina; transformó cocinas para poderlas utilizar con fluido eléctrico; acondicionó máquinas de coser; acomodó hornos a la corrien– te eléctrica para cocer el pan con mayor facilidad; reparó vehí– culos, acomodó neveras ... A su iniciativa se debe la construcción del Seminario de Upata y la casa indígena laboral de Santa Elena. Tiene filmados varios documentales sobre los trabajos misioneros en las zonas indígenas. Dando rienda suelta a su creatividad y con la sabiduría del «querer hacer,» fue chófer, mecánico, electricista, relojero, cons– tructor y, sobre todo, evangelizador, que todo esto es ser misio– nero. Este capuchino de blanca barba y eterna sonrisa, luciendo el hábi– to y el solideo se mostraba, así, como el fiel retrato de un hijo de San Francisco. Resulta dificil calibrar su amplitud como sacerdote, pero está claro que «hizo de todo para todos». Para él eran tan sagrado el hábito reli– gioso como los guantes de mecánico o el guardapolvos para trabajar: «hacedlo todo por amor de Cristo». Fue un hombre sencillo y manso, en cuyo rostro era dificil encontrar un gesto de disgusto. 384

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