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Puro azar o providencia de Dios fue el encuentro del herma– no Julio con Mons. Aurrecoechea en la enfermería. Se enten– dían muy bien. Se animaban y ayudaban mutuamente a llevar la enfermedad con paz y resignación. Eran dos hombres senci– llos y humildes que coincidieron en su enfermedad y se fueron en compañía al encuentro del Señor. _¿Cómo te encuentras, Julio? -le preguntó un religioso que le visitaba. - «iYa ves, como un trapo roto! _¿y usted, Monseñor? -Tras una sonrisa, la respuesta: -Creo que nos vamos a marchar juntos de paseo(¿?). ffenómeno de telepatía? ¿sintonía de sentimientos por similitud de enfermedad? ¿Añoranza espiritual? Lo cierto es que en el espacio de cuarenta y ocho horas, tuvieron su reen– cuentro en la eternidad. Los restos fueron trasladados desde Madrid al cementerio de El Pardo, a la vera de aquel Cristo yacente de la ermita ante el cual tantas veces rezó, trabajó, sufrió y gozó. Así cantaba él a su Cristo: «El Pardo termina en cuesta, corona del Manzanares. Lo va cantando su cuesta entre pinos y encinares. Cadena de peregrinos fundida por el amor prende brotes al dolor del Cristo de capuchinos. 375
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