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ca asistencia al confesonario que realizaba con asombrosa pun– tualidad. Nunca buscó razones para eximirse de otras ocupaciones inherentes al trabajo común de la fraternidad: misas, confesio– nes, suplencias en la portería.. . Además del colegio, sentía la necesidad de su aportación a todos los compromisos que los religiosos tenían asumidos para atender el culto del santuario. El dolor es patrimonio de todos los hombres y siempre pro– voca algún <lesajuste en la vida, incide en las formas de compor– tamiento y condiciona mucho la forma de actuar. Siendo relati– vamente joven, el hermano Julio se vio afectado por la enfer– medad de «Parkinson» que, uni<la a su natural timidez y sensi– bilidad, le fue incapacitando progresivamente. En 1987 dejó la actividad docente, pero siguió trabajando en la fraternidad de El Pardo, convirtiéndose en hospedero improvisado, atendiendo a los visitantes de la iglesia, bendi– ciendo coches, escribiendo poesías y tratando de calmar sus nervios con pequeñas obras de pirograbado. Su sensibilidad y exquisito lenguaje se plasmaron en la com– posición de numerosas poesías; algunas han sido publicadas, pero otras han quedado para siempre en la oscuridad por el miedo, quizá, que tenía de exhibir sus cualidades. Son poe– sías llenas de sencillez, pero con un escogido lenguaje literario y llenas de espiritualidad. En 1975 publicó un pequeño folleto reeditado en varias ocasiones, titulado Desde la ermita. El escritor Martín Alonso le regaló en cierta ocasión un libro con la siguiente dedicatoria: «Al padre julio Santos, por la dificil sencillez franciscana de sus versos». 373

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