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En su último destino ftjó la residencia en el convento de La Coruña, adonde fue trasladado en 1987 para encargarse, como en los casos anteriores, de atender al servicio de la portería. Siempre estuvo un poco resentido de su salud desde el re– greso <le VeneLuela en 1946. Él mismo se buscaba, con un exrf"– so de preocupación, los remedios y atenciones que juzgaba oportunos para que su estado no se fuera deteriorando. Esta preocupación no era nueva: en Venezuela se le llamaba cariño– samente «Misuraca», en alusión a algún personaje conocido que probablemente estaba relacionado con inquietudes exageradas por el estado corporal. En realidad, y al menos aparentemente, no se encontraba bajo los efectos de ninguna enfermedad grave : él realiLaba con normalidad los oficios que se le enco– mendaban y asistía sin dificultad a los actos de vida común esta– blecidos en la fraternidad. Pero en cuestiones de salud, aconsejan los peritos obrar siempre con prudencia, porque al cuerpo humano le puede suceder lo que a ciertos edificios construidos con cemento de mala calidad: en un principio aparecen y se mantienen como indestructibles; pero, de repente, comienzan a notarse ciertas vibraciones de naturaleza desconocida, aparecen humedades y desprendimientos corticales, se resquebrajan las paredes y llega el desmoronamiento ... Al final, se realizan los análisis pertinen– tes y se detecta la enfermedad: la aluminosis oculta del cemen– to ha minado lo que parecía una obra para la eternidad. Durante los últimos años, el hermano Epifanio hubo de ser ingresado alguna vez en el hospital; pero al no ser detectada ninguna anomalía grave retornaba nuevamente a casa para seguir el ritmo habitual de vida comunitaria. Fue a principios de 1995 cuando comenzaron a aparecer algunas hemorragias cuya procedencia no estaba clara para los

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