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Septiembre El hombre de luenga barba, mirada penetrante, camisa oscura, sandalias de franciscano (el hábito se lo llevó el viento del Concilio) que vieron los indios barí, se llamaba Adolfo Santos. Gran amante y cono– cedor de las Sagradas Escrituras, parece que se había pegado a su ros– tro algo del porte patriarcal con que se representa a los apóstoles del Evangelio. Fue un religioso culto en las disciplinas teológicas, amante de los libros, espiritual, orante. Desde su experiencia como maestro de novi– cios se le podía adivinar como un estratega en la transmisión de cono– cimientos, vivencias, tácticas de trabajo e ilusión para llevarlas a la práctica. Fue muy devoto de la Virgen. Bajo su protección entró en el terri– torio de la motilonia partiendo de la estación que bautizaron con el nombre de la Virgen del Camino. BIBLIOGRAFÍA: VM 201 (1955) 291, 204 (1956) 211 -213, 207 (1956) 106-111, 208 (1956) 129-1 31, 258 (1960) 230-235, 259 (1960) 257-261, 533 (1986) 156- 158, 914 (2004) 67-77; Pacífico 233 59-60 136- 137 155 165 168-169; Vegamián 862 863 865 868 874 875 880 881 892 903-908 982; Castillo 15 18; El Mensajero Seráfico (nov 2004) 344- 345. 360
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