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¡ - Septiembre Desde este encuentro con los misioneros Adolfo y Epifanio, quedó el nombre de «motilón» como un apodo; ellos eran barí, gente solidaria, gente de paz. Los misioneros se sintieron aco– gidos y ellos se consideraron integrados. En 1970 cambió de residencia y de responsabilidad, pasan– do a ocuparse preferentemente de los indios yucpa que se encontraban en Ayapaina y Sirapta, de donde fue superior y primer misionero residente. Con mucho entusiasmo y nuevas iniciativas, es ésta la época en que comienza a publicar «Lambyx», unas sencillas hojas con textos en yucpa y barí donde aparecen traducciones de frases, dichos, oraciones y textos de la Biblia o formas litúrgicas. Superan el millar estas hojas, que forman un museo de materia– les para ahondar en la lengua y en las costumbres de dichos indios. Cumplidos ya los setenta y dos años, en 1977, optó por cam– biar los bohíos de los barí y las chozas de los yucpa por la malo– ca de los indios pemón. Se traslada a la región de la Guayana y fija su residencia en el centro misional de Urimán, en calidad de párroco. Casi diez años permaneció misionando en estas tie– rras; pero sin abandonar el reto asumido de seguir llenando las hojas del cuaderno con su letra manuscrita, bien trazada, exqui– sita, hecho con cariño. Esta vez los contenidos serán pemones. En 1986, el padre Adolfo se despidió de Urimán como un auténtico apologista, defensor de sí mismo, de los misioneros y de la tribu barí, aunque ya no se encontraba con ellos. Hacía algún tiempo que había aparecido en la revista Antropológica un artículo titulado: «Historia contemporánea de los barí», bastante bien documentada, pero con datos de dudo– sa procedencia y cuajada de reflexiones inexactas con un enfo- 356

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