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las relaciones rotas y relegando a la historia el ignominioso nombre de este pueblo recio y altivo, irreducible por la fuerza, pero noble y fiel. El motilón o «rapado» de la leyenda negra establecida para apoderarse de sus tierras, puede recuperar ya su nombre de persona: «barí». El padre Vegamián nos relata el momento en sus crónicas de los Ángeles del Tucuco: «Numerosas huellas frescas los orientan hacia el bohío, cuyo empla– zamiento señala luego un murmullo de voces, casi canturreando, como de muchas personas. Al final de la pica se les presenta el bohío a modo de fortaleza des– afiante. Los yucpa -indios que acompañaban a los dos misione– ros- temen, se quedan a la zaga; los misioneros, haciendo la señal de la Cruz, avanzan hacia la entrada que les queda enfrente. Dentro, el mismo murmullo sin que nadie dé señales de vida. La indecisión se pro– longa demasiado y el padre Adolfo se adelanta, las manos en alto, haciendo señas de paz en silencio, hasta que llega a la entrada y grita: Amigos Dobokubí, chomsi ahaime, según les había enseñado el indio chibio. Oírlo, verlo y salir los indios disparados al monte, parece fue todo uno, como empujados por oculto resorte. Los expedicionarios se van tras ellos tratando de atajarlos y ofreciéndoles los regalos que llevaban. Una motilona que salía rezagada, mira de lado, ve al niño Bayanke y grita a los suyos unas palabras que nadie entendió, pero que tuvieron la vir– tud mágica de detenerlos en su fuga y hacerlos retroceder. Estos que retroceden y los que siguen saliendo remolones del rancho, se hallan con gente que les ofrece regalos, ropa, cuchillos, etc. , y se calman y llaman a los que todavía estaban escondidos dentro del rancho. Al poco rato todos habían cambiado y con muestras de alegría y con– fianza trataban los nuestros de demostrarles sus intenciones de paz. .. » 355
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