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Septiembre El 2 de agosto los misioneros del Vicariato de Machiques lo eligen Superior Regular de la misión, echando sobre sus espal– das la coordinación de las actividades de los misioneros con el obispo, velar por la salud de los religiosos y canalizar las posi– bles soluciones a todo tipo de problemas. De alguna manera este cargo le complica su actividad: hay misioneros en Guanero, en Paraguaipoa, en Casigua ... , y a todos debe visitar, animar y apoyar en sus trabajos. Sin embargo, al padre Adolfo le estaba haciendo mella un problema crucial que existía en la misión; era el problema de los mal llamados «motilones» (barí o dobokubí) que, a raíz del asesinato del capuchino padre Pedro de Corella, en 1818, se relegaron a la selva y cortaron todo tipo de comunicación con cualquier ser humano distinto de su grupo. Hacía diez años, en 1950, se había comenzado la campaña de acercamiento, derrochando esfuerzos e imaginación me– diante el ingenioso recurso de las «bombas de paz». La campa– ña estaba interrumpida. El padre Adolfo pensó que los proyec– tos grandes de la historia hay que afrontarlos con decisiones de la misma dimensión; y jugándose el todo por el todo como res– ponsable de la misión, decide arriesgarse personalmente dando un paso adelante: hay que contactar por tierra, adentrándose en el impenetrable territorio de los motilones. Y como la pru– dencia nunca estorba, envía un mensaje a los religiosos de Machiques: «Tened preparado un helicóptero, por si acaso». Se ence– rraban en estas palabras muchas ilusiones, bastantes posibilida– des y algunas inquietudes tenebrosas que, sin embargo, él asu– mía libre y conscientemente. El 22 de julio de 1960 se produjo el tan añorado aconteci– miento: el misioneros capuchino Adolfo Santos pudo abrazar a un indio motilón, ahuyentando su exterminio, reconstruyendo 354

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