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noticias que nos pusieran en la pista por donde debíamos encontrarnos con los sonados japrería. No faltó quien nos tachase de locos en nues– tra empresa, pues dado el tiempo que hacía ya que no daban señales de vida, se los consideraba como desaparecidos. De todos modos, en el peor de los casos, iríamos a levantar el acta de defunción. Con el fin de ponernos en contacto con guías más seguros, decidi– mos hacer una excursión previa a los indios de Aponcito, quienes en años anteriores, acorralados por los civilizados que les iban privando de sus tierras, hicieron una excursión por el río Palmar (. .. ). Una tradi– ción muy antigua recogida de sus abuelos, les ponía en relación con los japrería, que habrían sido en tiempos remotos sus vecinos, huidos actualmente como consecuencia de antiguas querellas. Como final de sus excursiones, lograron tomar contacto con ellos.» Luego estos indios estaban vivos. Siguiendo las huellas de los tigres y matando serpientes venenosas, comenzaron a en– contrar algunas pistas: el segundo día de viaje encontraron maderos quemados; el tercero, plátanos al lado del río; el cuar– to, un rancho provisional abandonado en medio del platanal, señal evidente de la presencia de seres humanos por aquellos parajes; y al quinto día, unas huellas humanas que les llevaron a la orilla del río. Se habían topado con un japrería que estaba pescando. El padre Adolfo levantó los brazos y fue corriendo a abra– zarle. Convencido de que los misioneros venían a visitarlos como buenos amigos, les condujo a la pequeña tribu donde fue– ron recibidos con gran contento y agasajados con regalos. Los misioneros se sintieron felices; de buena gana se hubieran que– dado con ellos. El 19 de marzo de 1956 hubo de trasladarse a Machiques y guardar cama como consecuencia del viaje, que le dejó también rnmo recuerdo el paludismo y la amibiasis. 353
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