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Septiembre su fiesta) y en el día en que la tierra vuelva a ser otra vez el paraíso. Y en estos momentos amanece (. . .). Al entrar en nuestro cuartel general y contar a mis hermanos mi pequeñ.a historia, salieron a relucir otras mucho más gloriosas que la mía. Hacía pocos días la mula de marras había revolcado y pateado al padre Prudencia de Santelos, mi primer profesor de misionología prác– tica en la misión. Después de todo, estas mis primeras aventuras van contadas para cumplir en algo aquel precepto: luzca vuestra luz delan– te de los hombres. » [ Puede verse la narración completa en VM 204 (1956) 211-213]. Nuestro misionero, todavía recién nacido, comienza a adap– tarse así a estos paisajes entre cuyas gentes debe implantar el Evangelio. No se sentó a descansar para aprender su asignatu– ra, sino que la aprendió al ritmo de la vida: el 20 de noviembre predica su primera homilía en yucpa; el 11 de diciembre se hace cargo de la catequesis y, a comienzos de 1956, escribe su primer artículo en Venezuela Misionera. Con él inaugura la lista de otros cuarenta y dos que, en el transcurso de los años, darí– an cuenta de sus viajes, de sus inquietudes y de sus métodos de evangelización. El 31 de enero sale hacia Aponcito, y el 2 de febrero de 1956 comienza una expedición misionera en compañía del padre Prudencia a las cabeceras del río Palmar, con el fin de tomar contacto con el subgrupo «yucpa» de indígenas <japrerías», los célebres «sabriles» de los cronistas coloniales que habían perdi– do contacto con la civilización. «Impaciente por comenzar mis excursiones apostólicas, pensé apro– vechar esta ocasión para realizar, por fin, la ya tantas veces proyectada excursión a los indios japrería y comprobar, de una vez, su existencia, el lugar de su residencia y sus costumbres (. .. ). Sin pérdida de tiempo comenzamos a preparar todo lo necesarios y, en primer lugar, nos dedicamos a recoge el mayor número posible de 352

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