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Septiembre licenciatura en Sagrada Escritura que obtiene en el Pontificio Instituto Bíblico de Roma nos hablan de un sacerdote culto, estudioso, profundo conocedor de unos valores muy bien culti– vados y apto para transmitirlos a los demás. Cuatro años ejerció como profesor en el Seminario de El Pardo; tres años como lec– tor de Sagrada Escritura en León y uno más en Santa Marta. También los novicios que tuvo a su cargo entre 1951 y 1954 recuerdan con agradecimiento aquellas lecturas obligadas de los evangelios en griego y en latín, que solían ser el centro de sus charlas, o sus comentarios ad casum ante circunstancias que se presentaban subiendo a los montes de Pagasarri o Ganico– gorta, durante los paseos semanales . El 15 de agosto de 1955 llegó al puerto de la Guaira. Los últimos meses de este año fueron para él una especie de sondeo para tomar posiciones y otear los horizontes de las tierras que, durante cuarenta años, iban a evidenciar sus huellas. De la Guaira pasa a Caracas y luego a Maracaibo. Aquí reci– be la invitación de los misioneros de la Guajira para asistir a las fiestas patronales de San Bartolomé, en Sinamaica. Y allí se pre– sentó. La asistencia de indios era concurridísima, y el trabajo para administrar sacramentos era de jubileo. Sinamaica en fies– tas pudo ser la ventana por donde el misionero novato se asomó a la viña que el Señor le tenía reservada para trabajar, veintidós años, en las tierras de la Guajira-Perijá. Ésta había sido una de sus ilusiones, alentada, quizá, por el conocimiento profundo que tenía de aquel apóstol Pablo que se hizo todo para todos: «Hay momentos en la vida en que se palpa la Providencia de Dios. Uno de ésos será siempre para mí el momento en que, al desembarcar en el puerto de la Guaira, puse mis pies en tierras americanas . .. » «El ideal misionero es parte integrante del ideal franciscano; y en cada uno de los llamados por Dios a seguir los ejemplos del misionero 350
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