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paciencia, humildad, obediencia, resignación, aceptación de la misma enfermedad y de la muerte. Esta última frontera de la vida fue seguramente para él su purgatorio. Con noventa y tres años de edad concluyó su paso por este mundo el 8 de septiembre de 1997. Los homenajes que rechazó en vida, no pudo evitarlos tras su fallecimiento. Numerosas personalidades del ámbito eclesial estuvieron presentes en el sepelio o manifestaron su condolen– cia mediante cartas y telegramas, o también en los medios de comunicación. Sus restos fueron trasladados al cementerio de San Isidro, en Madrid. Sin ser exhaustivos en su enumeración, hemos hecho alu– sión a algunos rasgos fundamentales que caracterizan la activi– dad de nuestro biografiado. El misionero no es sólo un apóstol; es también un coloniza– dor que debe fundamentar su acción pastoral en unos soportes materiales imprescindibles. Desde su responsabilidad sintió el imperativo de iniciar, promover, avalar o defender iniciativas encaminadas a hacer más fructífero el trabajo de la evangelización. Siendo ya obispo autorizó e impulsó una expedición misio– nera a la motilonia: preparación, estrategia, envío de telas y ali– mentos. Y luego la entrada en su territorio con el cruciftjo en las manos, en son de paz, ante el asombro de los mismos indios, como quedó inmortalizado en la película «Bohío rebelde». Así contactó con este pueblo de fama belicosa. El misterio de la selv;:i, el <lesconocimiento del idioma y el tejido de innumerables leyendas hizo que esta aventura misio– nera alumbrada por Mons. Aurrecoechea traspasara las fronte– ras de Venezuela y se convirtiera en noticia internacional. De 343
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