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---- ----- ---- Septiembre los religiosos y saludarles o responder a su saludo con una sim– ple sonrisa: sin palabras, lo decía todo. No era frecuente verle salir del convento como no fuera para cumplir algún ministerio o visitar a los hermanos de la enfermería de San Antonio. Sus vacaciones de verano transcu– rrían habitualmente en el convento de Montehano, donde la tranquilidad acentuaba más su espíritu de oración y recogi– miento; era realmente difícil adivinar si estaba de vacaciones o practicando unos ejercicios de retiro espiritual. El 13 de agosto de 1992 sufrió una caída en la marisma de Montehano con el resultado de numerosas heridas, que le obli– garon a ingresar en la enfermería provincial el 20 de agosto. Repuesto del accidente, se reintegró a sus trabajos habituales en el convento de Medinaceli. En los años posteriores comenzó a dar muestras de un debi– litamiento físico con repercusiones en su memoria y en su esta– do general. Dormía poco, comía poco y siempre la misma clase de comidas ... No es de extrañar que los superiores decidieran su regreso a la enfermería el 3 de junio de 1994. Allí permane– ció algunos meses. Monseñor Aurrecoechea contaba ya en esta época noventa años, y la curación de sus achaques era una engañosa ilusión. El 7 de mayo de 1995 ingresa por tercera vez en la enfermería con un estado general muy deteriorado: flaco, inapetente, desorien– tado, insomne, como perdido en el tiempo y en el espacio. La sintomatología que presentaba hacía patente la existen– cia de un tumor estomacal que, unida a su arterioesclerosis cerebral irreversible, con pérdida de memoria, le abrieron el camino del Calvario. En la última enfermedad, este santo varón sufrió mucho físi– ca y moralmente; pero dando ejemplo de todas las virtudes: 342
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