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Septiembre quince o veinte los que formaban la patrulla. iY no eran preci– samente los indios motilones! Pocos meses antes había pasado un día entero en el monte con los indios trabajadores, por temor a los flechamientos. Estos asaltos físicos no fueron comparables, como veremos más adelante, a los acosos morales, acusaciones y calumnias a que fue sometido con sus misioneros por parte de los blancos, que deseaban desplazar a los indios de sus tierras. En varias ocasiones hubo de salir en su defensa para solucionar los con– flictos. Con el lema de San Miguel: «¿Quién como Dios?» , colocado más tarde en su escudo episcopal, tenía la seguridad de estar trabajando por la causa de Dios con las mejores armas. El 8 de mayo de 1954 es preconizado administrador apostó– lico tras la renuncia de Mons. Turrado Moreno; y el 19 de diciembre de 1955 se le concede la dignidad episcopal como vicario apostólico de Machiques y obispo titular de Doliche. Se enteró del nombramiento por la prensa de Maracaibo, pues la carta con la comunicación oficial nunca llegó a sus manos: aquello era el finis terrae, como el fin del mundo para poder recibir correspondencia. El 27 de mayo fue consagrado obispo en la catedral de Machiques, casi terminada por uno de sus alumnos, que, más tarde, le sucedió en el mismo cargo: Mons. Agustín Romualdo Álvarez. Treinta años estuvo Mons. Aurrecoechea al frente de la dió– cesis, pues aunque es preceptivo presentar la renuncia a los setenta y cinco años, él la presentó dos años antes, consciente de sus limitaciones. La renuncia no fue aceptada por Juan Pa– blo II hasta el 1Ode marzo de 1986. 338
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