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do escasamente llevaba medio año ejerciendo su ministerio en la misión, es requerido para el cargo de Superior Regular. Hasta su nombramiento como obispo, cinco años más tarde, desempeñó ambos cargos simultáneamente, debiendo soportar las penurias e indPmPnri:oi<; 'Jllf' prP•wnt:oih:oi f'Stf' inripiPntf' rPn– tro misional. Era el primer establecimiento entre los yucpas y carecía de todo: ranchos miserables de palma y palo; escasez de infraestructuras y vías de comunicación, sólo hábiles para ani– males de carga; desconfianza de los yucpas que no se fiaban de los misioneros; las tensiones creadas entre los indios y los hacendados; la amenaza de los motilones ... Fue duro y sombrío este panorama para un hombre casi nuevo en aquella conflicti– va viña del Señor. Resulta curioso, y a veces divertido, leer las crónicas del Tucuco en estos primeros años de existencia, donde se entre– mezclan la penuria, las ilusiones, los peligros, las alegrías y las frustraciones . Como San Pablo, también nuestro misionero podría enume– rar una larga lista de miedos y peripecias soportadas por el Evangelio, como aquella del 9 de abril de 1954, cuando una fle– cha dirigida a su persona se clavó en la puerta que acababa de cerrar, alertado por un compañero; o el accidente del 31 de mayo de 1955, cuando cae rodando por un barranco con el resultado de rotura de varias costillas; o la sucedida el 9 de abril de 1951 : era media noche, y los perros ladran con fuerza. El entonces padre Saturnino sale fuera de la celda mientras otro religioso sube precipitadamente al sobrado y le grita que no se mueva: ha visto un indio atisbando desde la esquina de la casa con arco y flechas listos para disparar, y otros que se encontra– ban agazapados detrás del camión, en idéntica actitud. Les tira lo que tiene a mano y ellos se ponen en fuga. Por la mañana se comprueba, por las huellas marcadas en la pista, que eran unos 337
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