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Complutense de Madrid, se había colocado en medio de la puerta principal de la facultad de ciencias. (Eran tiem– pos de alborotos y revueltas estudiantiles). Fue advertido del peligro que corría, pero no se dio por aludido. A los pocos minutos, una avalancha de estudiantes perseguidos por la policía le hicieron rodar por tierra con todos sus haberes. Para rematar el accidente quedó bañado por un chorro de agua a presión procedente de las mangueras antidis turbios. - Cuentan que en la ciudad de Bogotá fue asaltado por una pandilla de ladrones callejeros que, sin hacerle daño per– sonal, le despojaron de toda su mercancía, incluso del ori– ginal de uno de sus libros. En la calle Je San Jerónimo, de Madrid, fue invitado amablemente a abandonar «su puesto de ventas» por estar dificultando el tránsito de los viandantes por la acera de un cruce peligroso. La policía municipal recogió sus cajas y su mesilla para trasladarlos a otro lugar menos comprometido. En sus visitas a domicilio recibió, en varias ocasiones, el fre– cuente y desalentador «portazo» con que se recibe a los vende– dores intrusos e inoportunos: «Vuelva usted otro día, ahora no podemos atenderle» . ¿serían personas buenas que se defendían ante el peligro de un timo o personas descreídas sin interés por la mercancía? De hecho, el padre Ignacio llamó a todas las puertas; a ricos y a pobres, a cristianos y gentes sin fe. Recorrió grandes ciuda– des y pequeños pueblecillos; la calle era su iglesia y su sede un asiento <le plástico; su púlpito, un peldaño de escalera a la puerta de cualquier edificio público. La sencillez, la humildad y unas palabras a veces inoportunas eran toda su predicación. 321
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