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Agosto cía tan pletórica de valores en una breve síntesis biográfica limi– tada, por necesidad, a unas cuantas páginas. Intentaré recupe– rar, a manera de flash, las palabras de los teletipos capuchinos de medio mundo que retrataban al padre Ignacio al anunciar su fallecimiento: «Ha muerto uno de los más grandes profetas del siglo XX, el padre Ignacio de J;égas. » Siguiendo la pista a este hombre inmerso en el apostolado bíblico, le vemos envuelto en un sinnúmero de actitudes y anéc– dotas que le revelan de verdad como «un profeta, un apóstol y un m1s1onero». Profeta al estilo de San Juan, que anuncia a Cristo con humildad, pero sin complejos; apóstol como San Pablo, inten– tando meter el mensaje del Evangelio a golpes de un trabajo realizado entre dificultades e incomprensiones; misionero al estilo de la tradición capuchina, abriendo caminos de evangeli– zación en medio mundo con su laboriosidad, constancia y buen ejemplo. «No perdió el tiempo en dar a conocer superficiales mensajes. Abrió - escribe Víctor J arque- caminos nuevos e hizo transitables los anti– guos. Aró, sembró, recolectó, escribió, editó, distribuyó, vendió, regaló, explicó, oró, se entregó hasta el fin de sus días y murió en el surco ... Este sembrador, misionero y profeta, peregrino y evangelizador, nos ha dejado la rica herencia de sus escritos, fundaciones, anécdotas y el men– saje franciscano de su vida: vivir y dar a conocer el Santo Evangelio de Nuestro Señor Jesucristo. » El rico anecdotario de este pequeño trotamundos no a lo bohemio, sino peregrino por los caminos de Dios es, a la vez que divertido, ejemplarizante. - Haciendo propaganda de sus libros en la Universidad 320

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