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Este acontecimiento le traumatizó durante muchos años, causándole un complejo de persecución que le hacía desconfiar de quien caminara detrás de él y asustándose por cualquier ruido que surgiera del silencio. No fue ésta, sin embargo, la causa de su muerte. Su partida a la casa del Padre llegó sin avisar, sin ruido, sin molestias. Encontrándose en España, Dios le trajo la complacencia de ter– minar sus días en el pueblo natal, el 12 de agosto de 2002, arro– pado con el cariño del entorno familiar. Y allí quedaron sus res– tos enterrados en el mismo lugar donde nació. «Sin previo aviso -cuenta uno de sus com¡..>aüeros- se nos fue el hermano Fermín. Tan sin aviso, que todos los días anteriores nos había sorprendido por su ilusión con el viaje a su tierra natal. Nos hacía son– reír porque no podía ocultar su alegría, casi infantil. Después de once años sin viajar, parecía que se le despertaba algo dormido, aunque a más de uno le diJo que iba a morir en España. ¿Presentimiento? ¿Lógica? Ochenta y ocho años dan para suponerlo. » Al menos en la Viceprovincia fue probablemente el último ejemplar del tradicional y clásico capuchino en cuanto a su porte exterior: barba austera; hábito y rosario pendiente del cordón; tajante por su rigor al exigir corrección y buen comportamiento en el templo, aunque privada– mente y en el trato habitual fuera comunicativo, expresivo y, a veces, ingenuo. Amaba la vida de fraternidad; amaba su ministerio sacerdotal y las celebraciones litúrgicas con unas características muy peculiares; amaba el apostolado catequético, la educación de los jóvenes y la atención a los enfermos. Amaba todo lo franciscano de manera incondicional; por eso se entregaba a los aspirantes tratando de influir en su perseverancia. Siguió en su piedad la línea que consideró más auténtica: la que bebió y vivió de niño y luego de novicio y estudiante. Y esto lo manifes- 303
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