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Agosto religiosos que le acompañaban dieron testimonio de austeridad y entrega al trabajo que les habían puesto en sus manos. No han sido muy frecuentes, pero sí suficientemente sona– dos para hacer hisloria, algunas anécdotas y eventos desagrada– bles acaecidos a los misioneros capuchinos de Venezuela, como los flechamientos perpetrados por los indios en plena selva. Fueron sucesos que, en cierto modo, condicionaron sus activida– des y forma de existencia. En esta circunstancia no alcanzaron a nuestro hermano las flechas lanzadas desde la oscuridad, pero sí un arma punzante esgrimida con alevosía por manos agreso– ras. No se llegó a extremos luctuosos en el caso de Fermín Álva– rez; sin embargo, el acontecimiento trajo también sus conse– cuencias. Cuando solamente faltaban algunos días para la entrega de la parroquia de Maiquetía, estando sólo en casa, alguien golpeó brutalmente la puerta de su habitación a las dos de la madru– gada, con ánimo de derribarla. Temblando de miedo se arries– gó a abrirla, encontrándose frente a él un joven drogado con machete en alto, dispuesto a descargarlo sobre su cabeza. El ins– tinto llevó al hermano Fermín a levantar el brazo para defen– derse, recibiendo en ese momento un golpe de machete que le causó una gran herida. Satisfecho el joven al ver correr la san– gre, abandonó el arma y desapareció. Salió a pedir auxilio; pasaron algunos carros, pero la pre– sencia de la sangre a aquellas horas de la madrugada no era un buen reclamo para detenerse. Finalmente pasaron otros jóve– nes, al parecer amigos del atacante, que amablemente se in– teresaron por él y le trasladaron al hospital exigiendo una atención inmediata. iComo el buen samaritano! Algunos de aquellos jóvenes pertenecían a una familia muy conocida en la parroquia .. . Son algunos de los frutos que se recogen en el campo de la droga, a veces de consecuencias impredecibles. 302

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