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gentes, su simpatía y cordialidad fueron un buen estímulo para granjearse la confianza de las gentes y atraer muchas vocacio– nes infantiles hacia el seminario. Bien orgulloso se sintió, en muchas ocasiones, de poder exhibir en la lista de candidatos por él promocionados a personajes tan ilustres como el vicario apostólico de Tucupita. En 1957 fue destinado a la isla de Cuba, quedando nombra– do, al año siguiente, párroco de Santa Clara. Desempeñó este cargo hasta que la revolución castrista expulsó del territorio a la mayor parte de los religiosos. Difíciles momentos y situaciones de riesgo hubo de pasar en estos primeros pasos de la revolución cubana; auxiliando, alen– t,m<lo y tratando incluso de ocultar a muchos ciudadanos que, posteriormente, fueron identificados y fusilados. Salió de Cuba en 1961, y después de una corta estancia en los Estados Unidos, se incorporó a la Viceprovincia de Vene– zuela, en la que permaneció treinta y cinco años . Ya asentado en tierras venezolanas, su primer destino fue la residencia de La Chiquinquirá, donde se encargó por espacio de cuatro meses de suplir al superior y párroco que se encon– traba enfermo. En 1963 pasó a San Judas Tadeo, en Maracaibo. Inició su estancia con los cargos de superior y director de la OFS y, en 1967, fue elegido vicario de la fraternidad. Fue aquí donde tuvo la mala suerte de sufrir un accidente vial del que, lentamente, se pudo recuperar. Dado su espíritu inquieto, el padre Isaac no fue un religioso de largas permanencias en un mismo convento, al menos de forma continuada, aunque pasó por algunos en diferentes oca– siones. En 1970 fue destinado a Barquisimeto como vicario, coadjutor y encargado de la Orden Tercera Franciscana. En 295
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