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Julio Amaba y se despojaba en pocas ocasiones de su vestimenta capuchi– na. Pero esta parvedad de su porte fisico no hacía buen juego con la eminencia del alma que encerraba dentro. Su sencillez, msi de niño; su sonrisa siempre a flo r de labios; su rapidez para el servicio, equilibrada con la tranquilidad y paciencia para hacer bien las cosas; la confianza y el amor a los hermanos.. . eran el reflejo de su interior. Equilibrado, sereno y lleno de paz, cumplió bien lo que San Fran– cisco requería para sus frailes cuando les enviaba a trabajar: «Que la paz que anunciáis la llevéis antes, en mayor medida, en vuestro corazón». BIBLIOGRAFÍA: BOP 146 (1974) 406, 152 (1975) 93; El Niño Seráfico 47 (1939) 4, 56 (1939) 40, 69 (1940) 88 ; El Mensajero Seráfico (octubre 2004) 308-310. 280
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