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Julio nes que cayeron sobre sus espaldas. Aquí permaneció veinte años dando pruebas de su capacidad de adaptación a las cir– cunstancias: se le confió el control de la economía, bastante complejo en esta casa; fue corresponsable de la administración en el Centro de Propaganda y, algo nuevo para él, se metió de lleno en el campo del apostolado parroquial, desempeñando el cargo de coadjutor. Con su paciencia, meticulosidad en el tra– bajo y fácil adaptación a moldes desconocidos, supo salir airoso de cuantas tareas se le habían encomendado. En su nuevo destino de Cuatro Caminos, adonde fue trasla– dado en 1990, consumió la última década de su vida. Estaba ya dominado por el peso de los años, pero aún le quedaron fuerzas para ponerse al frente de la economía con– ventual y siguió aportando su colaboración al mantenimiento del culto de la iglesia. Muchas horas pasó atendiendo a los fie– les que buscaban el consejo espiritual o el perdón de Dios en el confesonario; porque toda dedicación se queda corta en este templo de San Antonio, uno de los más visitados por los fieles en la ciudad de Madrid. A él acuden gentes de toda condición social, procedentes del barrio de Cuatro Caminos y de otros núcleos urbanos de la capital; alentados por la devoción al santo, atraídos por la dignidad del culto o animados por la seguridad de que van a ser atendidos en sus necesidades espirituales. No se apreciaron alteraciones físicas llamativas ni hubo de soportar enfermedades graves en el transcurso de su larga vida. Sólo en los últimos años vio seriamente comprometida su salud hasta el punto de que, en el Capítulo de 2002, quedó provisio– nalmente destinado a la enfermería provincial. Sufrió primero un ataque de trombosis que le obligó a visi– tar el hospital en varias ocasiones, quedando malparado su organismo. Una segunda trombosis dejó su cuerpo inutilizado 278

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