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Julio Bilbao, donde había sido establecido provisionalmente el cole– gio seráfico ante la imposibilidad de reanudar las clases en El Pardo, por el deterioro en que se encontraban sus dependen– cias. Fue uno <le los resultados de la contienda militar. El 21 de julio de 1936 fue interrumpida la paz en el colegio de El Pardo. Rodeado y saqueado por los milicianos, fueron expulsados los religiosos, y los seminaristas confinados en el orfa– nato de la localidad. Algunos pudieron reunirse con sus familia– res de Madrid; pero la mayor parte, noventa, fueron deportados a Valencia. A las dos semanas, los menores de catorce años fueron trasladados a Francia y recogidos por familias de entera confian– za, quedando treinta y seis en la capital valenciana. Al igual que los religiosos, también los estudiantes tuvieron que pasar su odisea y sufrir su pequeño martirio: sospechosos de manipular correspondencia a escondidas, la policía registró sus maletas en busca de cartas y direcciones, siendo detenidos los diez mayores y cinco de ellos encarcelados. Los demás debieron ingeniarse su modo de vivir. Terminada la guerra, algunos pudieron regresar de nuevo al colegio de El Pardo. De manera provisional los superiores se habían cuidado de abrir provisionalmente el seminario en el convento de Bilbao, adonde fue destinado el padre Ángel como inspector en 1939. El 24 de octubre de 1940, el seminario de la Provincia de Castilla pudo ser reunificado con la llegada a El Pardo de los cien alumnos de Bilbao, acompañados de sus profesores. El padre Ángel quedó nombrado vicedirector segundo y profesor del colegio. Aquel año se comenzaron las clases con el ingreso de otros cuarenta y nueve seminaristas. Su punto fuerte estaba en la enseñanza del latín. Conocía ampliamente el mundo de los clásicos; dominaba la métrica latina y la gramática con toda perfección; y la corrección de tra- 276
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