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Coruña en 1977, para cumplir con este menester, se recuerda con estas palabras: «La fraternidad ha gozado, durante breves días, de la presencia y convivencia del hermano Santiago Tejerina que ha llegado con mucha tela, buen metro y un gran espíritu de trabajo. Nos ha medido de arri– ba abajo .. ., y nos ha hecho, a su estilo, un santo hábito al que vamos a procurar dejar siempre muy alto. » Su oficio de limosnero fue otra de las tareas que dejaron huella en su vida y en los pueblos de Salamanca, León, Extre– madura y la ciudad de Madrid. Durante muchos años peregri– nó por ellos con las alforjas al hombro, recogiendo las donacio– nes de h huena gente para los colegios de Santa Marta y El Pardo. En sus andanzas por los pueblos consiguió muy buenas amistades, que le apreciaban y le admiraban como un fraile ver– daderamente austero y sacrificado. Algunas de las personas que le hospedaban en sus casas cuentan que estaban convencidos de que dormía en el suelo, ya que «encontraban la cama en la misma forma en que la habían dejado y con todos los síntomas de que nadie había dormido en ella». Cuando posteriormente se le preguntaba sobre este tema, o callaba o se daba media vuelta simulando que no había oído; o refunfuñaba palabras sueltas e ininteligibles, pero sin responder ni «sí» ni «no». Verdad o mentira, esta anécdota delata un poco la forma de ser de nuestro hermano. Era fisicamente un hombre de talla normal, enjuto de carnes, de porte austero y pobre en la forma de vestir, con el hábito siempre limpio y llevado con dignidad. Posiblemente su carácter y modo de actuar fueron prisioneros de las limitaciones derivadas de su formación cultural, casi ceñida a los conu- 271

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