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Julio La obra de su vida entregada, oculta y sencilla se puso de manifiesto cuando casi todo el pueblo acudió a darle su último adiós con una gran manifestación de aprecio, la presencia de las rnás altas jerarquías gubernamentales y de innumerables indí– genas venidos de los caños y rancherías. En repetidas ocasiones, tanto en España corno en Vene– zuela, los superiores habían observado en Juan Alonso a un hombre intelectualmente bien preparado para la docencia; pero sus gustos e inclinaciones parecían demostrar siempre una alergia total hacia estos menesteres : bene discere, sed non docere; frase que se podría traducir rnuy libremente corno: «rne gusta aprender, pero no rne gusta la docencia en las aulas». De hecho, su apostolado se desarrolló principalmente en Tucupita, discurriendo por otros derroteros diferentes a los específicos de la cátedra: actividad parroquial en todas sus face– tas, dirección de grupos apostólicos cornprornetidos en la cate– quesis, promoción social de los indígenas, agricultura . .. Colonizar y evangelizar al estilo de los mejores ejemplares de misioneros capuchinos, que sin excluir la faceta de la docencia, caminaron por sendas rnás elementales. Alto, estilizado, con una maliciosa y tenue sonrisa aflorando entre sus largas y espesas barbas, Juan Alonso estaba dotado de un buen carácter, aunque no excesivamente abierto y comunicativo. Prefería interiorizar y afrontar personalmente sus problemas sin implicar en ellos a los demás. Se adivinaba en sus conversaciones una mente lúcida y un carác– ter reflexivo, con manifiesta, pero bien administrada, terquedad en sus opiniones. El silencio o las frases cortas, marcadas con una fina ironía, eran con frecuencia su respuesta. (En alguna ocasión he recordado aquel dicho: «la ironía es el mejor argumento de los hombres inteligen- 264
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