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partida de dominó o tomando, a altas horas de la noche, los aparejos de pesca para «engañar el sueño» en las orillas del río. Y al día siguiente, a primeras horas de la mañana, inmenso otra vez en los trabajos cotidianos de la casa y en la atención a los compromisos pastorales. Esta despreocupación de sí mismo y el abandono en el cui– dado de su salud no podía dejar de traer sus consecuencias. La falta de reposo; el ser exageradamente riguroso con su trabajo y nada metódico en guardar el horario de las comidas, fue poco a poco generando en él un estado anormal de adelgazamiento y de cansancio al caminar. En una de las visitas cursadas por el ministro provincial al Vicariato de Tucupita se le advirtió de la necesidad de abando– nar algunos de sus trabajos y tomarse un período de descanso; pero su respuesta se quedó en una promesa poco creíble de aceptar unas vacaciones en España. Unos días antes de su muerte comentó que no se encontra– ba bien a causa de unas dolencias en el estómago. Se le insinuó que visitase al médico, pero no lo hizo. El 4 de julio, después de comer, se retiró a descansar aque– jado por una gran debilidad. El hermano marista J . Arrieta subió a la habitación para saludarle e interesarse por su salud, encontrándole sentado y con grandes dificultades para respirar. Inmediatamente fue trasladado a la clínica; pero a los pocos minutos su corazón dejó de latir. ¿Diagnóstico? «Fallecimiento por edema pulmonar y paro cardíaco». Era el 4 de julio de 1995. Así, silenciosamente, tratando de no molestar, se fue el padre Juan. Esta vez la realidad no pudo ceder ante su frase tantas veces repetida: «Esto no tiene impor– tancia, se pasa con un poco de aguantina». 263
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