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Julio zando a conciencia en los diversos temas teológicos y exponien– do con seriedad sus opiniones, no siempre coincidentes con las de los «doctos» profesores. Este proceder era el fruto de un estudio meticuloso y de unas reflexiones personales muy bien meditadas. Considerando su excelente preparación académica, los su– periores juzgaron oportuno dedicarle a la docencia, destinán– dole el 4 de agosto de 1963 al Seminario de El Pardo, como profesor. Durante dos años asistió a clases particulares, como preparación previa para su ingreso en la universidad y la poste– rior obtención de la licenciatura en matemáticas, en la Univer– sidad Central de Madrid. Pero esta iniciativa no tuvo éxito. En agosto de 1967 tendrá un nuevo destino en el colegio filosófico de Santa Marta, como director de postulantes y profesor. Matriculado, casi a la fuerza, en la Universidad de Sala– manca, abandonó los estudios sin haber concluido el primer curso. Está claro que la enseñanza no era el plato fuerte de sus ilusiones, a pesar de las dotes naturales para el estudio demos– tradas durante los años de su vida académica. La vocación misionera sí estuvo siempre presente en su vida, sobre todo a raíz del fallecimiento de su tío materno, padre Rafael de Corbillos, que pereció ahogado frente a la misión de Araguaimujo. Este ideal misionero fue tomando más fuerza durante su estancia en Santa Marta hasta el punto de exponer a los superiores, en varias ocasiones, su intención de integrarse en las misiones de Venezuela: deseaba, de esta manera, «conti– nuar allí la labor de su tío». En marzo de 1969 recibió la noticia de que su petición había sido atendida; y el 20 de abril se encontraba ya en el Delta Amacuro. 260

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