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Junio gramente a causa de sus dolencias. Se puede decir que la enfer– mería fue la residencia habitual de Francisco Eguidazu durante los nueve años postreros de su vida. Doblado por la enfermedad que soportó con extraordinaria paciencia y conformidad, comenzó su descanso eterno el 11 de junio de 2003. Tenía cumplidos ochenta y ocho años de edad. «Si la madre ama y cuida a su hijo carnal, cuánto con mayor razón debe cada uno cuidar a su hermano espiritual». A veces saboteamos con tanta perspicacia las frases más claras que las retorcemos hasta conseguir que digan lo contrario de lo que debie– ran expresar: No trató así nuestro hermano la recomendación del Santo de Asís. Con una leve sonrisa coronando su larga barba, este capuchi– no vasco servía y cuidaba, transmitía ánimos y sembraba paz. Fue un servidor entregado, un hermano caritativo y atento a cualquier necesi– dad. Amó, como buen vasco, entrañablemente a su tierra; pero supo también vivir la universalidad del mensaje evangélico, entregando lo mejor de su ser en beneficio de la fe que profesaba. Válentín, el sustituto de su nombre de pila, Francisco, lo había tomado al iniciar el noviciado como recuerdo de San Válentín de Berrio que se venera en la iglesia parroquial de su pueblo: no sólo el nombre sino también el ejemplo del obispo misionero marcarían las pautas de nuestro hermano en su afán de propagar el Evangelio, más que con las palabras, con el regalo de su vida a los demás. Francisco o Válentín, que los dos nombres le sirven, fue el hombre de «todos los servicios»; fue un servidor total, entregado y sin tiempo para sí. Vásco recio, sobrio, amante de su tierra, el rostro se le hacía de luces cuando escuchaba alguna expresión en euskera. Sus virtudes más características fueron la sencillez, la fidelidad, la piedad y el trabajo. Fue un religioso orante, aun a costa de prescindir de muchas horas de descanso. 238

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