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No resulta fácil encontrar documentos gráficos de este capuchino de Escalante, en los que no aflore a su rostro una sonrisa leve, natural, amable, permanente, fiel reflejo de su talante espiritual si es verdad el dicho de que «el rostro es el espejo del alma». Era un hombre extraordinariamente aseado que pacientemente repetía, una y otra vez, el rito de lavar, tender y planchar su ropa que mantenía con una limpieza deslumbrante. En el trato con religiosos y extraños causaba una impresión inme– jorable: extraordinario consejero, óptimo amigo, sembrador del más sano optimismo, solícito para atender en los más mínimos detalles a cuantos se encontraban en su presencia... No es de extrañar la estima de que gozó por parte de todos los reli– giosos que le conocieron como superior. Una religiosa que le conoció nos describe a:,,í .su semblanza espiri– tual: «Siempre me pareció un alma pura que se transparentaba en su porte y en su actuar; humilde, equilibrado, sencillo, ecuánime, com– prensivo. Nunca le oí hablar desfavorablemente de nadie; era servicial, serenamente religioso y sacrificado... » El hecho de que su funeral se celebrase ante un número muy redu– cido de personas, motiva la siguiente reflexión de otro religioso: «... Este final es casi el símbolo de toda su existencia: hacer las cosas intensamente, pero en silencio, sin ruido. Su hacer no encaja en los parámetros mercantilistas de este mundo; por eso este tránsito no era para despertar la curiosidad de los medios de comunicación, de los polí– ticos o de las multitudes. .. » Y otro cronista escribe: «No somos muy dados a hacer elogios, pero también sería injusto callar lo que en verdad ha sido: un hombre de Dios que proyectaba su amor a los demás, un hombre amable, cortés, abnegado ... En definiti– va, un hombre santo que habrá encontrado su recompensa por parte del sumamente Santo y justo.» 231

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