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Junio Nunca la vida de los misioneros ha estado programada por la mediocridad; es difícil, arriesgada, dura, poco gratificante según los criterios humanos, pero repleta de méritos ante los ojos de Dios. Con sesenta y cinco años de misionero tuvo que desplegar una actividad polifacética con las capacidades adquiridas, no mediante diplomas o títulos académicos, sino a través de la experiencia: agricultor, ganadero, albañil, electricista... ; y todo ello amasado con la responsabilidad inherente a los importan– tes cargos de gobierno que le fueron confiados por la obedien– cia en parroquias, centros misionales y en el Vicariato Apostóli– co del Caroní. No escribió libros, como casi todos los misioneros de la Gran Sabana; pero según dice en su nota necrológica el cronista pro– vincial: « ... Ha escrito, son su entrega generosa y silenciosa, el libro de la vida gastada con amor, siempre con el maletín preparado para salir a visitar los caseríos indígenas, llevándoles un poco de tranquilidad, con– suelo, comprensión y ayuda material.» El currículo de su vida es, resumido en pocas palabras, como el de un personaje ilustre que pasó por el mundo sin apenas hacerse notar: se entregó y estuvo al servicio de los indígenas pemones y kamarakotos; pasó su calvario en el Delta y, como quería San Francisco, cuidó como una madre a los hermanos religiosos en los diversos cargos de gobierno que tuvo que des– empeñar. Por su labor entre los indios de la Gran Sabana fue conde– corado con la medalla de la «Orden de Francisco Miranda» en 1992, dentro de las conmemoraciones de los cien años de per– manencia continuada de los capuchinos en Venezuela. 230

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