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Mayo de la región asturiana. La corporación municipal de Luarca le manifestó su reconocimiento por la disponibilidad encontrada en él siempre que había sido requerido su servicio. Le to<.:ó vivir el atardecer de su vida en el convento de León, al cual fue trasladado a raíz del Capítulo de 1990. Continuando como predicador y dispuesto a proporcionar su colaboración para cualquier servicio requerido, el padre Calasanz se vio for– zado a cambiar su filosofía de la vida, un tanto «pasota» y des– preocupada en lo concerniente a su salud. Los primeros achaques preocupantes le cogieron un poco descolocado, ya que se jactaba de no haber tenido que visitar a los médicos ni haber sufrido enfermedades de acusada grave– dad. Pero está comprobado que, en temas de salud, a veces las apariencias engañan. A instancias de algunos religiosos y fami– liares menos optimistas aceptó la insinuación de someterse a algunos controles médicos, como consecuencia de los cuales se le impuso un régimen alimenticio que él cumplía sin demasia– das exigencias y sí con bastante desatención. Esto sucedía en 1999. A finales de marzo del año 2000 comenzó a experimentar un malestar general con picores e hinchazón en las piernas, acompañado de una pérdida casi total del apetito. Los controles médicos y análisis efectuados en León nocla– rificaron la posible presencia de alguna grave enfermedad. Casi de forma casual e inesperada se le convenció para que viajase a Madrid, con el fin de poder hacerse un chequeo más profundo y exhaustivo. Siempre conservando el buen humor, pero con el miedo metido en el cuerpo, se despidió en forma jocosa de los hermanos: «Si me muero, no lloréis, cantad». iQuizá fuera un presagio o ... , una forma de calmar los nervios! 208
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