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Abril ción espiritual de los alumnos. Asistía con gozo a celebrar la misa en el palacio de la Zarzuela cuando era requerido para ello o no se encontraban otros religiosos disponibles . Las frecuentes ,~uras de bandera», celebradas en los acuartelamientos de la Guardia Real, eran para él una circunstancia ideal para reme– morar el espíritu de servicio y sacrificio en que había sido edu– cado durante los años de juventud. Nunca consideró el traje militar como un disfraz, sino que lo respetó con la misma vene– ración con que él vestía el hábito capuchino. De porte austero, barba blanca, calva acentuada, andar lento pero marcial, José Adolfo conservó la dignidad como religioso y el talante de su educación en la vida militar. La sobriedad, el recato severo en su forma de vestir, la parquedad en la utilización de las cosas materiales formaban pareja con su espíri– tu de capuchino pobre y desprendido de inutilidades. Supo compaginar el carácter serio, disciplinado y cumplidor con atisbos chispeantes de ironía y gracejo andaluz, que se ponía de mani– fiesto mediante chistes, bailoteos y chirigotas con motivo de algún acon– tecimiento festivo que así lo requería. La actitud de disciplina, orden y consecuencia de vida, además de una conducta religiosa fundamental, fueron valores que procuró incul– car a los alumnos que pasaron por sus manos; y no sólo con palabras, sino con el testimonio de su propia vida. La relación con los seminaris– tas fue siempre muy cordial. Era frecuente verle durante las recreacio– nes rodeado de grupos de alumnos que reían sus chistes, comentaban sus anécdotas o intercambiaban bromas inocentes mientras él aguanta– ba pacientemente sus diabluras. iEra el abuelo! Fue un religioso convencido, cumplidor y respetuoso con las tradi– ciones. Era excitable ante ciertas posturas, pero controlado. Le molesta– ban profundamente las faltas de respeto a los valores patrios y a la reli– gión. 184
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