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los caserios de su jurisdicción y enseñanza de diversas materias en el colegio por él fundado . De Cuba regresó nuevamente a Venezuela, siendo destinado a su primera residencia de Maracaibo, donde siguió ejerciendo un fructífero apostolado en el ministerio de la predicación, en el confe– sonario, atención a los enfermos, dirección de asociaciones piado– sas y como profesor de teología en el seminario diocesano. También supo el P. Victorino lo que es trabajar en otras tierras de misión: los Andes le vieron cabalgar muchas veces en misiones populares o en visitas pastorales; Valencia le pudo ver al lado de su obispo, Monseñor Montes de Oca; El Tocuyo conoció sus activida– des, realizadas con entrega y caridad; en Cumaná desempeñó con lujo de aptitudes y profundo espíritu cristiano el curato, en la parro– quia de Santa Inés; y Caracas puede también conservar imborrable la figura de este fraile franciscano y la palabra armoniosa y convin– cente de su predicación. En 1939 acompañó al P. Félix Maria de Vegamián en la larga y penosa exploración de las regiones de Perijá y Guajira, expedición realizada con miras al establecimiento del Vicariato Apostólico de Machiques que se llevó a cabo algunos años más tarde. Después de veintiséis años de fecundo apostolado en Venezue– la, los achaques, ocasionados por las fiebres malignas, le obligaron a regresar a España en 1945. Tuvo su destino en el convento de San– tander, donde, según sus posibilidades, continuó desarrollando las actividades ministeriales de la predicación, el confesonario y partici– pando en la revista El Santo. En 1948 fue nombrado Vicario de la fraternidad de Santander. El 22 de junio de 1951 comenzó a sentirse mal, viéndose en la necesidad de guardar cama. Ingresado en la clínica del Pilar, sufrió un ataque de uremia, que se repitió el día 1 de julio, fecha en que entregó su alma al Señor. Contaba 67 años de edad, 47 de vida religiosa y 41 de sacerdocio. 533
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